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Spain: the nameless force behind the protests

Creative Reports acaba de publicar “Spain: The Nameless Force Behind the Protests”, un artículo escrito por Leónidas Martín, miembro de Enmedio. En él realiza un recorrido por alguno de los últimos acontecimientos políticos donde, bajo su punto de vista, esta fuerza sin nombre se ha despertado con más virulencia. De paso, aprovecha para hablar de alguno de los proyectosde Enmedio. Échale un vistazo, merece la pena.

“With 25 percent of the population unemployed and hundreds evicted from their homes every day, Spain’s economic crisis continues to deepen. Leonidas Martin contextualizes the country’s recent anti-austerity protests in this history of a new activist spirit”

Leer el artículo “Spain: The Nameless Force Behind the Protests” en la página de Creative Reports (Inglés)

 

El 25S y la oreja del burro

Autor: Leónidas Martín Saura

La primera vez que leí algo sobre el 25S fue una proclama publicada en Facebook titulada Ocupa el Congreso. La firmaba una tal Plataforma ¡En pie!, y recuerdo que no me gustó mucho. Demasiado tendenciosa para mi gusto. Me costó verme reflejado entre tanta consigna ideológica y tanto programa político. En vez de Ocupar el Congreso, yo le hubiese llamado algo así como Desocupar el Congreso, ¿o acaso hay alguien interesado en entrar ahí y tomar el Poder? Yo no. Lo que yo quiero es arrancárselo de las manos a aquellos que lo tienen atrapado y liberarlo, dejarlo suelto por ahí, sin dueño. Para que sea de todos.
Sin embargo, aún siendo esta mi postura, no dudé ni un segundo en darle al botón de Participar.

Provocar la dimisión del Gobierno para iniciar un nuevo proceso constituyente, me pareció un desafío tan atractivo, tan acertado, que vaciaba de sentido cualquier rencilla ideológica o estilística. Qué más da quién haya tenido la idea primero, ni cómo la ha expresado, lo importante es lo que hagamos con ella a partir de ahora. Entre todos.
En la sociedad-red, la chispa que incendia la llanura puede surgir de cualquier parte. Está demostrado. Lo vimos en el año 2004 cuando, tras el atentado de Al Qaeda en Madrid, un sms anónimo nos incitó a protestar contra las mentiras del PP; y también cuando un par de años después un mail nos invitó a sentarnos en las plazas de toda España para exigir la “vivienda digna para todos” que promete nuestra Constitución. El chispazo puede salir de la habitación de un adolescente, del escritorio de un oficinista, de una plataforma social, o de donde sea, eso es lo de menos. Lo que importa no es cómo ni dónde nace una idea, sino cómo crece.

Tras aquél primer manifiesto, lo siguiente que apareció sobre el 25S fue otro evento en Facebook. Éste sí que me gustó. Tan sólo habían transcurrido unas horas desde la publicación del primero y la cosa presentaba ya cambios considerables. En vez de ocupar el Congreso, esta nueva iniciativa llamaba a rodearlo: “El 25S rodeamos el Congreso hasta que dimitan. Punto.”, así de tajantes se mostraban en su comunicado, y respecto a la pregunta sobre la organización, esto es lo que respondían: “Si quieres saber quién organiza este evento no tienes más que mirarte al espejo. Somos gente corriente, gente como tú. Estamos en el paro, nos han quitado la paga, no llegamos a final de mes; los bancos nos han estafado y no podemos hacer frente a la hipoteca, ni al copago, ni al nuevo IVA; somos trabajadoras, estudiantes, autónomos, funcionarias; somos el 99%, los de abajo. Y estamos hartos. Punto.”
Preguntar quién es el que organiza un acontecimiento como el 25S, no tiene sentido. Como no lo tiene tampoco preguntar quién fue el autor del primer sms del 2004, o del mail aquél que originó el Movimiento por una vivienda digna. Alguien lo envió primero, de eso no cabe duda, pero, ¿acaso cambia algo saber quién fue? No. Como tampoco cambia nada saber quién fue el primero que plantó su tienda en la plaza del Sol, ni el que se inventó el hashtag #Spanishrevolution.
Preguntarse por esas cosas es no comprender nuestro presente.

Y sin embargo, lanzarnos a formar parte de algo que no está organizado, nos sigue dando miedo. Y es comprensible. Esta nueva condición política abre ante nosotros un paisaje social completamente desconocido. ¿Sabes qué decía mi abuelo?, “a burro desconocido, mejor no le toques la oreja”, eso decía. Quizá por eso, todo lo relacionado con el 25S se tiñó de miedo durante las primeras semanas. Este sentimiento llegó a impregnarlo todo: las redes sociales, las asambleas populares… “¿Quién está detrás de todo esto?”, se preguntaba la gente. Algunos, los más temerosos, creyeron ver allí el fantasma de la extrema derecha; otros, algunas asambleas, decidieron desvincularse del acontecimiento, precisamente por ser incapaces de dar respuesta a esta cuestión. La cuestión del nombre.

Seguimos negándonos a aceptar que un acontecimiento pueda suceder sin que que nadie lo organice. Y eso a pesar de que los hechos no hacen más que demostrarnos lo contrario. Todavía pensamos que para cambiar las cosas tenemos que ser alguien, por eso nos ponemos nombres. Sin embargo, si uno observa con detenimiento los nombres que hemos ido adquiriendo en los últimos años, nos daremos cuenta de que son muy distintos a los que representaban a las organizaciones políticas del pasado. La Unión General de Trabajadores definía claramente quién entraba ahí y quién no: si no eras trabajador, te quedabas fuera, así de sencillo. Hoy la cosa se complica: Indignados, 15M, 99%, son nombres demasiado genéricos como para representar a alguien en particular (un indignado puede ser todo aquél que se indigna). Es difícil dar con los límites de su propia pertenencia. De hecho, estos apelativos a mi me parecen más bien máscaras, caretas que cualquiera puede usar para irrumpir públicamente. El 25S es el ejemplo más reciente de esta cadena: no responde tanto una organización o a una identidad, sino a una manera de hacernos visibles. ¿Quiénes?, muy fácil: todo el que quiera.

Hace una semana, tras unas cuantas deliberaciones, la asambleas que antes se habían mostrado reacias a participar en este acontecimiento, cambiaron de opinión. Lo hicieron tras resolver las dudas acerca de la organización del 25S, que ahora pasaba a estar en manos de la Coordinadora 25S, una plataforma social creada por esas mismas asambleas.
Bien, ningún problema. Si la creación de otra coordinadora ayuda a mucha gente a acudir al acontecimiento 25S y hacerlo realidad, pues adelante. No seré yo quien ponga palos a esa rueda. Sin embargo, creo conveniente recalcar el hecho de que el 25S es y será un acontecimiento anónimo.
Mal nos iría si ahora nos creyésemos a pie juntillas eso de que lo organiza la Plataforma 25S. ¿De verdad crees que una propuesta como la de rodear el Congreso saldría adelante si no existiese un clima propicio para ello? Además, imagínate que el Poder pudiese identificar a un claro organizador de algo tan fuerte como la dimisión de un Gobierno, eso sería fatal. Un desafío social tan potente sólo puede funcionar si permanecemos en un espacio abierto, inclusivo. Un espacio donde cualquiera pueda sentirse interpelado.

A menos de un mes del 25S, y ya con todas las dudas disipadas, las propuestas para ese día se han multiplicado por mil. Una de las que ha acaparado mayor atención ha sido Marea Destituyente: “Ciudadanos anónimos como tú que estamos hartos de la situación actual”, así se definen en su web. Las grandes diferencias entre las propuestas aparecidas recientemente, evidencia el hecho de que el 25S no es una estructura organizativa; ni tampoco un movimiento social. El 25S, como el 15M, como Occupy, es más bien una especie de viento que atraviesa la sociedad, y a su paso cambia de nombre y sorprende a cada cuál en un lugar distinto. Precisamente eso, su condición anónima y deslocalizada, es lo que le otorga capacidad para hacer cosas inimaginables, como derrocar un Gobierno. También es lo que le ha permitido sobrevivir a la manipulación mediática y a los chantajes políticos hasta ahora.

El objetivo del 25S es grande: forzar la dimisión del Gobierno y escribir después una nueva Constitución. Eso requiere organización. Todo sistema social la requiere. Lo que yo propongo es que no nos apresuremos, que vayamos con calma, no vaya a ser que por culpa de las prisas elijamos un modelo de organización que no responda a nuestro presente, uno de esos basados en la identidad y la pertenencia que tanto daño causaron en el pasado. Quedarse con lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse vivo pero no vivir. Tomémonos, pues, todo el tiempo que sea necesario hasta dar con un modelo de organización capaz de interpelar a cualquiera. Los ingredientes los tenemos, los hemos empleado mil veces en las plazas: respeto, horizontalidad, inteligencia colectiva, creatividad y capacidad de sorprender. Ahora sólo nos falta inventar la receta.
Algo me dice que al final, vamos a tener que tocarle la oreja al burro ese que decía mi abuelo.

El gordo de Megaupload y otras películas

Por Leónidas Martín Saura

Hace unos días empecé a ver una colección buenísima de películas japonesas de ciencia ficción. Estaban todas realizadas en la década de los cincuenta, con muy poco presupuesto; los efectos especiales lo eran no tanto por su ímproba sofisticación como por lo mucho que —obviamente— se notaban. Encontré estas películas un día por casualidad mientras buscaba otra cosa en la Red, colgadas en una página muy rara. De las seis, había visto ya tres de ellas y me habían gustado mucho, con todos esos monstruos de plastilina y los escenarios de cartón piedra. Me encontraba ya completamente enganchado cuando van y, de pronto, cierran Megaupload.
Desde ese momento las he buscado por todos los rincones de internet. Nada. Tampoco las venden en las tiendas, ni las pasan en ninguna sala de cine, ni centro cultural que yo conozca. Muy a mi pesar, he ido poco a poco dándolas por perdidas; parece que ahora me toca probar nuevas experiencias audiovisuales, y en eso estoy. Ayer, por ejemplo, vi la televisión, ya sabéis, Urdangarín, SGAE, los trajes de Camps y todo eso. Durante todo el Telediario no dejé ni un segundo de pensar en el monstruo aquel de los rayos intermitentes: ¿lograrían finalmente acabar con él? El único relato televisivo que atrajo un poco mi atención fue ese que han construido alrededor de la figura de Kim Dotcom, el chico entradito en carnes creador de Megaupload. Digo lo de «entradito en carnes» porque esta característica física de Dotcom es parte del storytelling que acompaña a su noticia. Una noticia emitida por todos los canales de televisión del mundo, una y mil veces, y cuyo relato podría resumirse así: un gordinflón sin escrúpulos que se aprovecha de la gente común, como tú y como yo, para forrarse de pasta, comprarse mansiones, coches caros y alguna que otra pistola también. Menos mal que el F.B.I. pasaba por ahí y nos ha salvado la vida de nuevo.
Esto sí que es ciencia ficción de la buena —pensé.
Según cuentan, lo que ha hecho el gordito de Megaupload es algo intolerable, un acto tiránico y despótico; lo peor que alguien puede llegar a hacer jamás. Quizá tengan razón, quién sabe; sin embargo, ¿no es eso lo que hace cualquier empresario capitalista, incluidos, por supuesto, todos aquellos que ahora condenan a Dotcom? Siempre que aparece una nueva demanda social (acceder a la cultura sin intermediarios, por ejemplo), ¿no aparece también siempre un tío como el director de Megaupload y monta la infraestructura capaz de responder a dicha demanda a cambio de dinero? ¿Qué hay de raro en ello? A mí me parece algo casi natural en el mundo en el que vivimos. Un mundo en el que todo se ha convertido en mercancía, y la cultura más.
Los que se rasgan las vestiduras y apoyan la operación policial contra Megaupload dicen hacerlo en nombre de la cultura, pero eso no es verdad. Lo hacen en nombre de la propiedad intelectual, que no es lo mismo. Para comprobar esto que digo no tienes más que preguntarte si Megaupload ha interrumpido en algún momento la transmisión cultural, o sea, aquello que permite a la cultura reproducirse y seguir viva. ¿A qué no lo ha hecho? Todo lo contrario. Gracias a Megaupload, yo he visto, por ejemplo, algunas películas frikis japonesas que antes no sabía ni que existían. Otra cosa bien distinta es cómo ha afectado esto a los negocios apoyados en la propiedad intelectual, la del Copyright, la que se sostiene sobre el principio de «Todos los derechos reservados». Para estos negocios es verdad que Megaupload significaba un inconveniente, un obstáculo es su camino hacia las mansiones, los coches caros y las armas. Por eso se lo han cargado.
Si hablas con los que defienden esta intervención del F.B.I., que, por cierto, para llevarse a cabo ha necesitado saltarse muchas de las garantías del Estado de derecho como son la privacidad del usuario, o la soberanía jurídica nacional; si hablas —decía— con alguno de ellos, te dirán que el fin justifica los medios, que lo más importante ahora, lo que está por encima de todo, es detener «el asalto pirata que sufren los creadores». Quien así opina lo hace por dos razones. Una, porque es un mentiroso, o dos, porque está muy mal informado y confunde crear con poseer.
El autor es aquél que crea un bien cultural, pero eso no quiere decir que ese bien cultural le pertenezca. Los bienes culturales sólo pertenecen a la humanidad. Para crear un bien cultural, todo autor necesita del conocimiento común acumulado en la cultura. Si es un director de cine necesita ver otras películas; escuchar otras composiciones si es un músico; leer otras libros si es un escritor. Ésa es la fuente de la que mana su nueva creación, sin ella nadie puede llegar a crear nada. En términos culturales, todo lo que se escapa a esta lógica, carece de sentido. ¿Os imagináis a Einstein guardándose para él solo la fórmula de la relatividad, o prohibiendo su uso a según qué personas?
Defender, como yo defiendo, esta definición de cultura, no significa, ni mucho menos, abolir el reconocimiento. Otro error habitual presente en los discursos de aquellos que han cerrado Megaupload. Todo autor debe ser reconocido por su trabajo, «el que no es agradecido, no es bien nacido», decía mi madre. Es deber de la comunidad reconocer siempre a aquél que con su esfuerzo aporta algo beneficioso para ella. Ese reconocimiento puede —y debe— ser de muchos tipos, no únicamente económico, como defiende la actual legislación de la propiedad intelectual, aunque es verdad que éste, el económico, hay que tenerlo muy en cuenta. Por eso es importante ir pensando en nuevos modelos económicos adaptados a las condiciones sociales y tecnológicas de nuestra época. Algo que se torna muy difícil si la ley lo prohíbe en defensa del mantenimiento de un sistema obsoleto.
Yo no apoyo a Megaupload ni a su orondo director, tampoco apruebo su modelo de negocio. Para mí, Megaupload no es más que otro ejemplo de la condición tan miserable en la que se encuentra la cultura de nuestros días. Es evidente que mientras continuemos tratándola como una mercancía, cientos de Kim Dotcom (o gente mucho peor) seguirán apareciendo por todas partes. Es inevitable. Como también lo es el hecho de que los 180 millones de usuarios que estábamos registrados en Megaupload, más todos los otros que usaban a diario sus servidores de manera gratuita, volvamos a utilizar cada nuevo sistema de intercambio de archivos que aparezca. ¿Por qué? Porque no nos queda otro remedio, sencillamente por eso. Porque intercambiar cultura no es un capricho, es una necesidad humana además de la condición única por la que la cultura pervive. Todo el mundo sabe que ahora disponemos de una tecnología ideal para ello y no estamos dispuestos a renunciar a eso. Al menos, no sin protestar.
Ya me gustaría a mí que un día no fuese una empresa privada la que ofreciese la capacidad tecnológica de intercambiar cultura. Claro que molaría que fuese una Institución pública, y que lo hiciese porque hubiera comprendido que la cultura es un bien común, y que para seguir viva necesita moverse sin restricciones, libremente, fuera de la lógica del mercado. Eso no estaría mal, nada mal. Pero creer que algo así pueda suceder hoy es ciencia ficción. El presente es la Ley Sinde, La S.O.P.A, el cierre de Megaupload y todo lo que sea necesario para sostener un sistema de propiedad intelectual que ya no se tiene en pie, que está obsoleto. Así podrán por un tiempo frenar —e incluso detener— la potencia cultural latente en las tecnologías de nuestro presente, pero esa potencia terminará abriéndose paso, se desplegará les guste o no. Eso es algo que sabemos todos: los que han cerrado Megaupload, los que apuestan por la cultura libre y yo, que quiero ver esas tres películas japonesas que me faltan.

Estamos cansados de mirar, hoy queremos vivir la imagen. (Entrevista a Leónidas Martín)

Fuente original: Público (descargar PDF)
Publicación Digital original: Fuera de Lugar
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Hablas de que las imágenes políticas se encuentran en un atolladero, ¿podrías explicarlo?

El atolladero al que me refiero es el toma y daca constante de apropiaciones y reapropiaciones entre el mercado y la creatividad social. El mercado lanza una imagen, la gente se reapropia de ella y le da otro sentido; un movimiento social produce un símbolo, el mercado lo captura después para vender un producto, etc. Ninguna imagen tiene un significado absoluto y acabado en sí mismo, la construcción de sentido es un juego y una lucha infinita donde no hay una frontera clara entre productores y receptores.

Todo lo que antes vivíamos directamente se ha convertido en espectáculo, decían los situacionistas.

Desde la Internacional Situacionista hasta la Escuela de Frankfurt, en la historia reciente del pensamiento crítico ha predominado la lectura más pesimista del fenómeno. Bajo este punto de vista, el capitalismo es como un vampiro que nos ha chupado toda la sangre y se ha apoderado de nuestra vida entera. Toda acción humana ha sido convertida en producto y se ha puesto a circular en la cinta transportadora del mercado. Eso nos ha reducido a meros espectadores pasivos con una sola posibilidad de acción: el consumo. Pero yo no comparto esa visión, demasiado derrotista y unilateral. También la gente roba y usa las imágenes que el mercado ha robado previamente a la gente.

¿Podrías darnos ejemplos concretos?

Un movimiento reciente en España se llamaba V de Vivienda en referencia al cómic y la película V de Vendetta, la red internacional Anonymous usa la máscara popularizada por la misma película a modo de símbolo, grupos palestinos acometen acciones de desobediencia civil enfundados en disfraces de Na’vi, los personajes de Avatar, algunos hackers defienden la libertad en la Red imaginándose en Matrix, etc. Si los realistas franceses del siglo XIX proponían “pintar lo que se ve”, estas experiencias a caballo entre la imagen y el activismo proponen “hacer lo que se ve”. Estamos cansados de mirar, hoy queremos vivir la imagen.

Este domingo Anonymous convoca protestas físicas y virtuales en los premios Goya.

El fenómeno Anonymous es fascinante. Cuando Anonymous tumbó las webs del Ministerio de Cultura y de la SGAE, Matías Prats comentó: “hasta ahora, algo así tan sólo lo habíamos visto en películas de ciencia ficción”. De alguna manera tenía razón. Por supuesto que las sentadas virtuales, o sea, que un grupo de personas se organice para visitar un mismo sitio web a la vez con la intención de provocar su colapso, no es nada nuevo, eso lleva practicándose casi desde los orígenes de Internet; sin embargo, que una red social sin nombre y sin rostro, o mejor dicho, con un falso rostro, se apropie del imaginario de un cómic y una película (V de Vendetta) y obligue a éste a actuar bajo sus mandatos, eso no se había visto tanto. Es casi como un ejercicio de posesión: entrar en otro cuerpo y operar bajo su apariencia. Bajo su imagen, en este caso. Por si esto fuera poco, el fenómeno está creciendo exponencialmente y cada vez son más los que están participando en sus acciones. Ejemplo de ello es lo que dices: la próxima convocatoria de Anonymous ya no se limita a la Red, se llevará a cabo este domingo frente a la gala de los Goya. ¿No es increíble? Cuerpos reales sin nombre alguno que, parapetados bajo una ficción, hacen un llamamiento contra la gala de los que dicen ser los autores de esas mismas ficciones, las que empiezan a rebelarse contra ellos. Autores de ficciones contra ficciones sin nombre.

¿Se trata de un uso crítico del cliché?

No, todo lo contrario. Lo que hace un estereotipo es presentarnos las cosas como algo ya visto y ya vivido. Nos distancian de todo, nos impiden conectar con el sentido auténtico de las cosas. Un cliché evita que el mundo nos afecte. Cancelan por tanto la posibilidad de acción, porque cuando todo se vuelve déjà vu resulta imposible identificarnos con nada de lo que hacemos o miramos. Los estereotipos nos vuelven cínicos: gente que ya lo sabe todo, que ya lo ha visto todo y que no se cree nada. Por el contrario, y contra todo pronóstico, estos movimientos realizan la operación inversa: abren posibilidades de subversión identificándose completamente y sin distancia crítica con algunas de las imágenes-cliché que nos ofrece el mercado.

¿Pero cómo es posible usar un cliché contra el poder de los clichés?

Cuando hablamos de vivir la imagen, más que en el artista o productor de imágenes tenemos que fijarnos necesariamente en el espectador. El espectador es alguien más libre de lo que suelen pensar las corrientes críticas. Una imagen nunca puede representarlo todo, es el espectador el que añade o complementa aquello que “falta” en una imagen. Proyectamos sobre una película o una imagen más datos que los que la propia imagen contiene. Lo hacemos a partir de nuestros saberes, de nuestra experiencia y de las imágenes previas que tenemos en la cabeza. Como explica Jacques Rancière, ver, mirar, es un acto de comparar: comparas lo que ves con lo que ya has visto y de ahí sale una interpretación, siempre “desmesurada” o “abusiva”. Y yo añado que en estas interpretaciones desmesuradas, existe un potencial para la acción política.

¿Qué aporta concretamente ese potencial?

Por ejemplo, el recurso a referencias tan populares como Avatar o V de Vendetta hace a los movimientos sociales mucho más abiertos e incluyentes. Al menos en dos sentidos. Por un lado, esa identificación ligera, cómica y desdramatizada con las imágenes-cliché logra descargar de seriedad la acción, incluyendo así a los que aprecian la dimensión placentera de una movilización y huyen de la política como sacrificio de la vida entera por una causa. Por otro lado, la identificación colectiva con un icono cultural abre espacios no codificados en términos ideológicos (izquierda y derecha). Este potencial crea, en definitiva, lo que algunos venimos llamando movimientos “post-políticos”, espacios de anonimato sin contornos identitarios o ideológicos claros, que se cuidan mucho de evitar las etiquetas mediáticas o políticas que definen, dividen, estigmatizan o criminalizan.

¿Estamos ante una nueva estrategia comunicativa o política?

No lo pienso así. A diferencia del arte político, estos movimientos usan el imaginario existente sin ninguna premeditación. Lo hacen muy espontáneamente, sin conciencia, táctica o dirección. Es como ese viejo chiste en el que van dos amigos andando por la calle y leen el letrero de una tienda que dice: “Aceros inoxidables”. Entonces se miran el uno al otro y se dicen: “¿nos hacemos?” Pues algo así sucede con estas experiencias: una interpretación desmesurada origina una identificación colectiva que abre un espacio posible para la acción política. En este sentido, no se trataría tanto de resolver aquello que se preguntaba Lenin: “¿qué hacer?”, sino, ante una mirada compartida, de preguntarnos como en el chiste: “¿nos hacemos?”